MINEFIELD

 

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Sofía Mercader, University of Warwick

El escenario es pequeño. En su centro solo hay una pantalla blanca, que consta de dos paredes en ángulo más una porción de suelo, como si fuera la esquina de una habitación. Allí se proyectarán las imágenes de la guerra de Malvinas. Pero esas imágenes, más que de combates, bombas y soldados muertos, serán imágenes con las que se van componiendo las historias personales de los protagonistas de la obra, los war veterans, los veteranos de guerra.

Entran en escena seis hombres: Lou, David, Sukrim, Marcelo, Gabriel y Rubén. Los tres primeros son veteranos que combatieron del lado británico, aunque no todos son British. Sukrim nació en Nepal y pertenecía al cuerpo de los Gurkhas. Más tarde en la obra nos contará que mucho tiempo después del fin de Malvinas, luego de muchos años de reclamos, obtendrá su ciudadanía británica. Los otros tres son veteranos de guerra argentinos. Rubén, por ejemplo, se presenta y luego canta una parte de With a little help from my friends, de los Beatles. Nos cuenta que es baterista de una banda tributo a los Fab Four, nos cuenta que unos años atrás viajó a Liverpool con su grupo para la competencia de bandas tributo y que no quiso decir que había peleado en Malvinas, no quería que le dieran el premio por esa razón.

Las distintas visiones de la guerra: que los británicos las usurparon en 1833, que la guerra la declaró el asesino gobierno militar argentino para legitimarse ante su pueblo, que las islas son un vivo ejemplo del voraz colonialismo inglés, que los argentinos no sabían qué hacer con ese pedazo de roca en el medio del Atlántico Sur.

Todos se presentan, recreando las audiciones con las que la obra comenzó a escribirse. Dicen su nombre, su rango, su puesto de combate, su profesión actual. Cada uno explica cómo se incorporó a las fuerzas armadas, cómo fue que se preparó para la guerra, cómo fue que llegó a las Islas luego de ese 2 de Abril de 1982 en que el gobierno militar argentino le declaró la guerra a Gran Bretaña. La obra va a tener diferentes aditamentos, desde música en vivo interpretada por los mismos veteranos hasta reproducciones de los discursos de Thatcher y Galtieri en relación al conflicto, pasando por las imágenes de revistas de la época y de recuerdos personales como cartas, mantas y ropa usada en el combate. Pero más allá de los elementos adicionales, el corazón de la obra son esos seis hombres que llevan a cuestas sus recuerdos y su memoria de la guerra. Algunos de ellos hasta mostrarán un talento para el escenario bastante sorprendente. Es el caso de Lou Armour, quien por su participación en el documental The Untold Story, es quizás uno de los soldados más conocidos por el público británico. Lou narra, con una soltura tal que parece que estudió teatro toda su vida, su sentimiento acerca de ese documental: ‘La gente cada vez que me googlea llega a ese documental, porque es el primero que aparece en youtube’ y agrega ‘antes me daba vergüenza porque en el video aparezco llorando la muerte de un soldado argentino’.

El efecto de la obra es reconciliatorio, aunque sus personajes no evitan la polémica. David, hoy terapeuta especializado en veteranos de guerra, se pregunta por qué en la obra se habla más de los muertos argentinos que de los británicos. En otra escena, cada uno de los veteranos enuncia ciertos lugares comunes -que por comunes no dejan de ser ciertos- sobre las distintas visiones de la guerra: que los británicos las usurparon en 1833, que la guerra la declaró el asesino gobierno militar argentino para legitimarse ante su pueblo, que las islas son un vivo ejemplo del voraz colonialismo inglés, que los argentinos no sabían qué hacer con ese pedazo de roca en el medio del Atlántico Sur. Difícil resolver en una sola narrativa estas cuestiones divergentes, pero la obra, inteligentemente, no intenta hacerlo. La reconciliación, sin embargo, aparece, y lo hace en algunos de los diálogos más intensos y emocionantes que establecen los personajes entre sí. Sin poder entenderse, porque ni los argentinos saben inglés ni los británicos saben castellano, Marcelo y David ensayan una sesión de terapia sobre la guerra. El público puede seguir la conversación gracias a las pantallas en donde el diálogo es traducido. Marcelo cuenta que por mucho tiempo no quiso volver a las Islas porque no quería tener en su pasaporte el sello británico. Cuenta, con lágrimas en los ojos, que por mucho tiempo ni siquiera podía escuchar canciones en inglés por la furia que le generaba el idioma. David lo escucha, le pregunta, muestra comprensión y luego cuenta su propia experiencia, que Marcelo sigue con atención, digiriendo un inglés que no comprende, pero que ahora puede escuchar.

Cuando se apagan las luces y los veteranos salen por última vez para despedirse, la audiencia estalla en gritos y aplausos, algunos todavía se están secando las lágrimas. De a poco, los espectadores se paran para aplaudir y luego una amiga me dice que eso pasa muy raramente en Inglaterra. Quizás sea que la audiencia está también compuesta por argentinos, más acostumbrados a los gestos alabatorios en los teatros, o tan sólo quizás es que la obra genera emociones de una intensidad que hace que los espectadores quieran pararse. Cuando los actores terminan de recibir el agradecimiento del público se pierden detrás del escenario, pero todavía las luces dejan ver cómo David y Rubén se alejan abrazados.

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